Las chicas del escabeche

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Las chicas del escabeche

SINOPSIS

Marina representa al modelo de mujer ideal del siglo XXI. Treinta y pocos, trabaja de una empresa que factura 120 millones al año, con formación, idiomas, viajada, cosmopolita, moderna, abierta… podríamos agotar todos los adjetivos que “Cosmopolitan” publicaría de ella. Pero sólo es apariencia, porque Marina es totalmente dependiente.

Sin embargo, de la noche a la mañana (literalmente, al ser víctima de una broma de novios radiofónica) Marina se ve sin prometido, sin trabajo, sin casa y sin nada más que un billete de autobús a la casa de su abuela en un pueblo de la costa, donde su madre se jubiló para cuidar de su anciana abuela. Su mundo de plástico se ha desmoronado y ahora se va a enfrentar a un mundo que ella siempre despreció.

Todas las expectativas de vida de Marina se truncan. No tiene trabajo, sin pareja por primera vez en quince años y tiene que vivir con su madre y su abuela, porque su madre tuvo la mala idea de vender la casa para irse de viaje una vez enviudó. Y lo peor de todo, está atrapada en el sitio del que peor recuerdo guarda: el pueblo de su madre. Ese pueblo costero al que cada puente y vacaciones acudía a visitar a su familia donde nunca pudo hacer amigos por ser la pija de la ciudad, soportando las crueles bromas de los demás niños, especialmente desde que le pusieron ortodoncia y la apodaron “La Hierros”. Ya antes la llamaban “la tuerta” por tener el parche del ojo vago, “Cóndor” por su prominente tabique nasal y “Juan Valdés” porque, además de bigotuda, el cafetero podría ir todas las mañanas a recoger los granos a su cara. Ahora, tras unos retoques, Marina está estupenda: siempre sobre sus tacones aunque la calle sea empedrada. Pero hubo un tiempo, ya casi olvidado por Marina, en la que fue un patito feo, objeto de burlas: los chicos apodaban “La escombro”.

Una vez en el pueblo, Marina se aburre como un hongo. No se junta con nadie de la localidad, no sale apenas de casa. Como mucho, pasea a su abuela enferma por el puerto y a casa. Pero un día, en un momento de despiste, la silla de ruedas de la abuela acaba en el agua. Marina, pensando que con la silla cayó la abuela, se tira al agua y es ella la que necesita ser rescatada. Y su salvador será quien le cambie la vida para siempre: Matías. Un marinero local. El hombre de sus sueños.

Marina se enamorará de Matías y, gracias a la intermediación de su madre, empezará a trabajar como gerente para Lorena Britos. La incompetente heredera de Conservas Cóndor que ha llevado a la empresa al borde de la ruina, con el desastre que supondría para el pueblo.

Marina y su frívola parafernalia urbana se encontrará con una tribu que supondrá el mayor obstáculo vital para Marina: las trabajadoras de la conservera. Una empresa que tiene en la diversidad su mayor valor. Un universo mayoritariamente femenino en el que trabajan madres solteras, viudas, esposas con familia numerosas, inmigrantes… Muchachas de pueblo resignadas a oler a pescado, señoras con síndrome del nido vacío. Tres generaciones en una misma cadena de trabajo. Mujeres tradicionales, arraigadas a sus raíces, fuertes, independientes… mujeres valientes que siempre han tenido que tirar para adelante por una sola razón: el amor por sus familias. Estas mujeres son las cabeza de familia, el eje sobre el que se vertebran maridos, hijos, hijas, padres y madres. Un modelo tradicional de mujer confrontado con el modelo de mujer actual. Lo que se presenta como una guerra abierta no es más que el reflejo de una misma realidad: ellas son las heroínas porque, al conocer las historias de las trabajadoras, comprenderá que sus traumas de adolescencia son anécdotas comparadas con los dramas que viven las chicas del escabeche.

De este modo, Las chicas del escabeche se convierte en la historia de una chica de ciudad que se ve obligada a salir adelante en el entorno que más odia y termina encontrando todo aquello que necesitaba: el amor, la independencia y sobre todo, su propia identidad, reflejada en unas mujeres a las que ella siempre hizo de menos.